“¡Nada, coño!” (Crónica de mi OCEANMAN 10 Km Isla de Tabarca)

08:00 AM. Amanece en la isla de Tabarca (Alicante). Mar en calma, 27 grados en el ambiente y nervios, esos nervios que molan, ante otra experiencia desconocida.

Neopreno no permitido y boya de seguridad obligatoria para los participantes en la distancia de 10 Km. Suena la bocina y se produce la salida, tranquila. Allí nadie se apresura como en el triatlón. Son diez Kilómetros a nado por delante con dos avituallamientos y no hay necesidad de pegarse con nadie para ganar unos segundos en la playa. Además no debíamos ser mas de cien participantes con lo que había sitio de sobra para todos: Así que al agua y a nadar con comodidad en línea recta hasta la primera boya para allí girar a la derecha y rodear la isla.

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Foto: Oceanman.

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Foto: Oceanman

Estaba tan ensimismado mirando el fondo marino, las rocas, la posidonia, los miles de peces y el agua cristalina, que los primeros dos o tres mil metros se me pasaron volando. Afortunadamente no había rastro de medusas, las gafas bien puestas en su sitio, sin vaho, y la temperatura del agua francamente agradable.

Qué bien me vino que la vuelta a la isla fuera en sentido horario. De esta forma podía respirar casi exclusivamente por la derecha, que es mi lado cómodo, y en cada respiración tenía la referencia, aunque lejos, a la vista.

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Foto: Oceanman.

No así las boyas, que desde el principio observé que o bien había pocas o bien eran muy pequeñas porque a pesar de estar el agua en calma, desde cada boya que iba rebasando no alcanzaba a ver la siguiente. Los primeros dos o tres kilómetros no me supuso mayor problema porque siempre tenía referencias de otros participantes y de las piraguas pero a medida que nos fuimos desperdigando hubo varios momentos de desorientación. Cierto es que siempre tenía la isla allí a lo lejos, a mi derecha, pero no sabía si estaba haciendo eses y por otro lado me preocupaba saltarme alguna boya.

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Foto: Oceanman.

Ya a partir de lo que yo calculaba que sería el cuarto kilómetro el cansancio me hizo volver a la realidad, dejarme de pececitos ni hostias, y empezar a preguntarme cuánto faltaría para el primer avituallamiento, que se suponía que estaba en el Km 5 y coincidía con que esa era exactamente la mayor distancia que nunca había nadado. A partir de ahí comenzaba un mundo por descubrir que consistía en nadar otros cinco kilómetros pero con el cansancio acumulado de los cinco anteriores.

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Foto: Oceanman.

En el triatlón, especialmente de larga distancia, se entrenan las transiciones de la bici a la carrera a pié. Esto consta de un entrenamiento en bici y a continuación se “dobla” con uno corriendo. De esta forma se entrena la sensación tanto mental como física de correr “en fatiga”. No es que yo sea un experto pero os aseguro que no tiene nada que ver con correr “fresco”.

Pues bien, yo nunca había probado a nadar “en fatiga”, con lo que comenzaba una carrera llena de incertidumbres y de miedo a situaciones desconocidas. La distancia mas larga que había nadado en mar abierto habían sido los 3,8 Kilómetros del IRONMAN de Lanzarote, así que me enfrentaba a nadar bastante mas del doble, si bien es cierto que a continuación no tendría pedalear 180Km de bici y correr 42,1 Km de la maratón.

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Foto: Oceanman.

Se dice que en la maratón la carrera empieza realmente en el Kilómetro 30, con lo que si extrapolamos los 42,1 Km corriendo a los 10 Km a nado calculaba yo que “el muro” podría estar en el Kilómetro siete u ocho. Eso suponiendo que en los “maratones a nado” haya muro. Es lo que tiene ser nuevo en casi todo lo que hago, que todo son conjeturas.

Pero en el agua los miedos son mayores. En un IRONMAN,  sabes que si todo va rematadamente mal tiras la bici a la cuneta, te sientas en una piedra y esperas a que pase un taxi. En caso de agotamiento extremo no tienes mas que parar y estás fuera de peligro. Sin embargo en el agua estás fuera de tu medio natural y no te puedes parar a descansar, aunque es cierto que nadar no es un deporte tan exigente como correr o montar en bici, o al menos al ritmo al que yo lo hago. Una vez que sabes nadar con cierta solvencia, sin pelearte con el agua y habiendo aprendido a deslizar, y respirar con comodidad, te apoyas en el agua  y lo podría comparar con el esfuerzo físico de caminar rápido. Las pocas veces que he nadado 5 Km nunca he salido de la piscina agotado física sino mas bien mentalmente. Vamos, que “hasta los huevos” pero siempre con la sensación de poder haber seguido si mi cabeza (o mi motivación) me lo hubiera permitido.

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Pero volviendo a la carrera: ¡Con lo que no contaba es con que al llegar al primer avituallamiento, que se supone que debía estar en el km 5, medio deshidratado, y con la boca acartonada de la sal marina miro el Tomtom y veo que marca… 6,5Km!

-“¿Qué coño quiere decir esto?”

-“¿Estamos en el Kilómetro cinco o quedan sólo tres y medio?”

-“¿Estoy haciendo boyas de mas o los demás están haciendo boyas de menos?”

Pero sobre todas las preguntas, la mas importante:

-“¿Llevo la mitad o no?”

Sólo quería saber eso: Tener una referencia para saber si el esfuerzo era posible y saber si podía ir un poco mas rápido o por el contrario debía dosificarme.

– “¡Nada, coño! ¡No pienses tanto y nada! Cada brazada te lleva a la meta y es una brazada menos que queda. Piensa en cosas bonitas y nada.”

Coincidía además que dicho avituallamiento se encontraba en la parte de atrás de la isla, con la corriente en contra. Me vi luchando contra el agua y contra el cabreo de no saber si todo iba bien o andaba perdido, si había estado haciendo eses y sobre todo de no saber si podría subsanar el problema ya que ni siquiera estaba seguro de que hubiera un problema.

Fue al poco de dar el giro a la parte de atrás de la isla cuando, en una de las ocasiones en que me detuve un instante  para mirar el reloj, se me subió un gemelo con el consiguiente susto, que conseguí superar con unos suaves estiramientos. Seguí nadando un rato sólo de brazos, sin utilizar las piernas, hasta que afortunadamente todo volvió a su sitio a los pocos minutos.

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Foto: Oceanman.

Y allí estaba, en mitad del mediterráneo, viendo la isla de Tabarca, a lo lejos, a tomar por culo, y sólo, mas sólo que la una, con mis cálculos mentales, pensando en mis cosas e intentando ocupar el tiempo mientras seguía avanzando pero procurando a la vez no perder la concentración en nadar de manera eficiente, prestando atención al agarre, al recobro, al deslizamiento… Y así hice los tres kilómetros (o los que coño fueran) hasta el segundo avituallamiento, donde en el supuesto kilómetro ocho volví a mirar el TomTom y vi que marcaba…¡10,5 Km!

– “Bufff, Estoy ya reventado, tengo los brazos algo cargados y las piernas aún mas, pensaba que ya debería haber terminado y me quedan al menos dos kilómetros. Y eso si consigo hacerlos en línea recta de una puta vez porque he debido estar nadando en zigzag media carrera”.

La sensación era como si te entrenas y te mentalizas para un maratón y  en el kilómetro cuarenta te dicen que lo han alargado hasta los cuarenta y cinco. ¡Quieres matar a alguien!

Así que mejor seguir nadando y no hay mas en que pensar. Esto se termina por cojones.

– “Venga que esto ya es cuesta abajo”

Ya en los últimos quinientos metros me encontré con que había muchos barcos y veleros fondeados en la playa y ocultaban por momentos la boya grande de la salida donde había que girar para encarar la playa ya de frente. Entre que a ratos no la veía y que tuve que esquivar y rodear varios barcos perdí unos minutos en los que me adelantaron varios nadadores que había llevado a cierta distancia durante la última parte de la carrera.

Al final fueron 12,7 kilómetros lo que midió mi GPS. El equivalente a 508 largos en piscina de 25 metros cuando lo mas que había hecho hasta la fecha eran 200. A 19 brazadas el largo me salen 10.160 brazadas. Salí del agua muy cansado pero sobre todo agotado mentalmente. No es que pensara en ningún momento en abandonar porque esa nunca fue una opción desde que tomé la salida pero francamente se me hizo muy, muy largo.

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Aún así, la autocrítica no eclipsó en ningún momento la sensación de euforia en la llegada por el reto conseguido. Ahora lo pienso y la verdad es que hay que ser bastante bruto para nadar doce kilómetros, casi lo que mide el estrecho de Gibraltar. Cuando enfilas la última recta te das cuenta de que compensa, de que esto es divertido, de que te hace sentir bien y de que todo cuenta, todo vale y todo se aplica luego a la vida cotidiana. Cuando acabas te sientes un poco mejor que cuando empezaste y poco a poco se va aprendiendo a vencer los miedos o al menos a gestionarlos y convivir con ellos.

El tiempo a priori me pareció bastante decepcionante para lo que esperaba (4 horas y veintitrés minutos nadando, que se dice pronto) pero luego, ya en frío y teniendo en cuenta que no hice diez kilómetros sino mas de doce y medio lo cierto es que la velocidad media no estuvo nada mal. A ese ritmo, de no ser por la novatada, y si hubiera hecho sólo diez kilómetros, habría terminado entre los diez primeros de mi categoría, lo que me habría clasificado para el Campeonato del Mundo de OCEANMAN en Octubre.

Para este año ya no pero para el próximo igual me lo pienso.

Óscar Sanz.

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Foto: Oceanman

 

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Aventuras del triatleta diletante (Crónica de mi IRONMAN de Lanzarote).

Empezaré por el final: Es la ignorancia lo que mueve el mundo.

De no haber sido tal mi desconocimiento sobre lo que supone hacer un IRONMAN probablemente nunca lo habría intentado. Si hubiera sabido el esfuerzo, sobre todo mental, que me iba a suponer entrenar del orden de quince o veinte horas a la semana durante meses ni me lo habría planteado. Eso sin contar el esfuerzo del día de la prueba.

Y si no me lo hubiera planteado, evidentemente, no lo habría conseguido.

Y si no lo hubiera conseguido no habría sabido lo que es y no habría salido de mi ignorancia.

Una vez expuesta la moraleja, vayamos al lío:

Despertador a las 03:30AM, desayuno a las 04:00 y a las 05:00 ya estábamos en los boxes revisando la bici, presión de las ruedas, bebidas y geles, poniéndonos el traje de neopreno, el chip en el tobillo derecho, vaselina en el cuello etc. Se cortaba el aire en el ambiente: buen rollo y tensión a partes iguales, música épica por megafonía y mas de uno dudando hasta el último momento si echarse al agua cuando sonara la bocina o darse la vuelta e irse para el hotel. Pensaba que es curioso como el traje de neopreno iguala a todo el mundo. Una vez que estas en la playa, aún de noche, enfundado en negro, con el gorro naranja y esperando la salida somos todos iguales: desde el campeón del mundo hasta el que llegará el último o el que no termine, todos tenemos los mismos kilómetros por delante y, francamente, todos estamos en mayor o menor medida, acojonados. Ese acojone que mola.

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Foto: IRONMAN.

Me coloqué en esta ocasión en el lado derecho por miedo a meterme en líos al llegar a la primera boya, que dejaríamos a nuestra izquierda. Preferí hacer bastantes metros de mas en la primera vuelta y ya tendría tiempo en la segunda de ir mas pegado a la corchera. Me dio mucha seguridad el hecho de haber nadado hacía poco 5Km. en piscina sin apenas fatiga, a mi ritmo. La distancia no era problema.

Como siempre: Ejercicio de disociación y pensamiento positivo, hacer mi carrera y no permitir que me desconcentren y alteren mi ritmo los golpes y empujones que pueda recibir. Es la única manera de que no te venza el miedo a tirarte al agua junto con otras 1.800 personas, que se dice pronto. Creo haber aprendido algo de estas cosas a la hora de manejar el estrés y la ansiedad en otras facetas de la vida. Si no puedes evitar las hostias, procura aprender a encajarlas.

Alguna golpe me llevé, claro. Incluso en la segunda vuelta donde pensaba que ya estaría todo mas despejado fui nadando hombro con hombro con otros competidores. Yo a mi rollo, intentando poner en práctica las correcciones de estilo que me decía Matete, nuestra super entrenadora del Club de Triatlón Las Rozas y flipando con los peces que veía por debajo (mas aún deberían flipar los peces viendo a 1.800 mendrugos invadiendo su hábitat), mirando en las respiraciones al helicóptero que nos sobrevolaba, buscando la siguiente boya a cada giro de la anterior y ayudándome a orientarme con las referencias en tierra, donde se veía el numeroso público.

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Foto: IRONMAN.

Ningún problema con las gafas, el gorro en su sitio, ni el mas mínimo roce del neopreno en el cuello, ni asomo de sobrecarga o agotamiento en los brazos, ninguna sensación de llevar las pulsaciones mas altas de lo recomendable y, de repente, hago pie por segunda vez y echo a correr en la playa hacia la carpa de la primera transición con la sensación de haber disfrutado como un crío en su primer baño del verano en el mar.

Me quito el neopreno sin precipitaciones, me embadurnan de crema solar, me encamino al trote hacia el box de las bicicletas y me sorprendo al ver la cantidad de bicis que aún hay colgadas.

– “Una hora y nueve minutos, justo el doble que el medio Ironman de Octubre en Marina D’Or. ¡Joder, como un reloj!”

Casco, gafas y zapatillas puestas, dorsal hacia atrás, descuelgo la bici y llego hasta la línea de montaje con los guantes sin poner por lo que tengo que ponérmelos en marcha mientras me adelantan tipos que salen como flechas a todo lo que les dan las piernas. Recuerdo una frase que me ha dicho Nieves en la playa mientras amanecía:

– “Ni una pedalada mas fuerte que otra

Ya era esa la idea que tenía pero me reafirma saber que citaba a Maribel Blanco, la otra entrenadora del Club Triatlón Las Rozas y dos veces ganadora del IRONMAN de Lanzarote. Algo sabe de esto.

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Foto: IRONMAN

Así que a mi ritmo, sin forzar, que quedan casi dieciséis horas por delante. Si consigo que sean menos mejor, pero tengo hasta las doce de la noche para llegar a meta y no estoy dispuesto a poner en peligro el objetivo principal, que es terminar y, a ser posible, disfrutar lo mas que pueda.

Ya en carretera abierta me adelantan muchos ciclistas con pinta de marines, con bicicletas que pesan tres o cuatro kilos menos que la mía y valen mas que mi coche, y me viene a la cabeza el pensamiento recurrente en estos casos:

– “¿Soy yo un manta con la bici o es que ellos nadan muy mal?”

Y el caso es que me sorprende una sensación rara que no había sentido en la bici hasta este día. ¡Me siento a gusto sobre ella y por primera vez la noto como que es “mi bici”, como que me he terminado de adaptar a ella, o ella a mí! Hasta ese día la notaba como si fuera prestada, hasta tal punto era mi carencia de kilometraje sobre ella desde que la compré y por primera vez probé  esto de la bicicleta de carretera, hace apenas un año.

Sigo a mi rollo, disfrutando, cadencia de 80-90, acoplado en el manillar y preparándome mentalmente para el “infierno” del viento de Lanzarote -que luego no me pareció tanto- durante 180 Kilómetros. Pastilla de sal, en teoría cada media hora, y chupito del brebaje compuesto por dieciséis geles mezclados con agua, una especie de potito de bebés al que le hubieran añadido veinte cucharadas de azúcar. Un asco, vamos.

-“A demanda, como los lactantes”.

Tras hora y media de bici me alcanzó mi compi de entrenamientos, blog y batallitas triatloneras, Nacho Gasulla. Le dio tiempo a decirme que había salido del agua creo que diez minutos mas tarde que yo, que todo bien, que ánimo, que esto está chupao y desapareció como una flecha dejándome atrás mientras yo seguía con mi mantra:

– “Ni una pedalada mas fuerte que otra”.

Creo que ya andábamos por Timanfaya cuando me encontré con Nieves y Amaya, del Club Triatlón Las Rozas, con las que había coincidido algunos días corriendo en Las Rozas y me constaba lo que se lo habían estado currado duro durante meses. Me dio muy buen rollo verlas y especialmente ir acompañado de Nieves durante buena parte del segmento de bici.

Al rato se nos unió Rafa Endeiza, que ya no se separó de mi hasta el final de los 180 Km y la llegada a la segunda transición. Fuimos viéndonos a ratos y dejándonos de ver, a ratos se iba uno y a ratos otro.

En uno de esos ratos tuve un pequeño contratiempo: justo después de un avituallamiento perdí uno de los botes, el del agua, que llevaba detrás del sillín. Cuando lo eché en falta y me di cuenta de que lo único que tenía para calmar la sed era el bote de geles creo que casi me entraron aún mas ganas de beber por la ansiedad. Confiaba en aguantar hasta el próximo avituallamiento sin deshidratarme pero según pasaban los kilómetros la sensación de sed era mas acuciante y no tenía ni idea de cuánto faltaba para el siguiente avituallamiento. Subiendo el puerto del Mirador del Río pregunté a una fotógrafa que iba de paquete en una moto de la organización, les dije que iba sin agua desde hacía casi una hora, y me respondió que no estaba segura. Me dejaron atrás y a los pocos minutos volvieron sobre sus pasos hasta donde me encontraba yo.

– “¡Confirmadooooo! ¡En el alto del Mirador del Río tienes un avituallamiento con agua, isotónico y barritas! ¡Unos cuatro kilómetroooooooos!”

Me gritó desde la moto y dieron media vuelta para volver a dejarme atrás, qué enrollados.

-“¡Graciaaaaaas!”

Uf, quedaba casi todo el puerto pero ya sabiendo que arriba había premio se me empezó a hacer mas llevadero y cuando comencé a ver abajo a mi izquierda el paisaje del mar y la isla de La Graciosa se me olvidó la sed, la pendiente, el viento y la madre que los parió a todos y me puse en pié a pedalear. Al coronar el puerto me tiré a por un bote de isotónico del que me bebí la mitad, lo coloqué -esta vez bien- en el portabidones y me lancé pendiente abajo acoplado como si ya estuviera la meta al alcance de la mano.

Un buen rato después de bajar de nuevo hasta el nivel del mar me sorprendió alcanzar a Rafa. Estaba convencido de que lo tenía detrás pero por lo visto me debió rebasar en algún momento de mi peripecia con el bidón perdido y no me di ni cuenta. Fuimos ya juntos hasta la llegada a Puerto del Carmen, dónde dejaríamos las bicis en la T2 y comenzaría otro mundo desconocido lleno de miedos e incertidumbres: La temida maratón.

Al colgar la bici aproveché para ir al baño, ligeramente descompuesto por la “poción mágica” del bidón derecho y aún tendría que parar otras dos veces durante la carrera a pie, pero había cumplido mi previsión de tiempos sobre la bici y era consciente de que tenía por delante seis horas y media para hacer la maratón.

– “Muy mal se tiene que dar para que no la acabe en cuatro y media. Llegado el caso, podría hacer casi la mitad caminando”.

El objetivo era acabar, la hora límite eran las doce de la noche, y no estaba dispuesto a jugármela por ganar ni una hora, ni media, ni diez minutos: Trote cochinero, ritmo de footing y hasta Arrecife corriendo para hacer la primera de las vueltas: la primera media maratón. Multitud de gente animando a lo largo del paseo marítimo, tanto paseantes como desde las terrazas de los bares y restaurantes.

– “Qué bien estáis ahí, con el pacharán, tan a gustito…”.

Luego vendrían otras dos vueltas mas cortas hasta el aeropuerto, de diez kilómetros cada una, para completar los 42,1Km

– “Rafita, no me esperes, que yo a este ritmo voy bien y acabo seguro. Tú tira y haz tu carrera que seguro que me sacas media hora”.

Lo bueno de que sean varias vueltas es que te vas cruzando con los amigos cada poco tiempo y nos vamos animando. Así, me fui cruzando con Nacho, con Rafa y con la gente del Club: Joserra, Nieves, Amaya, Javi… Pasé varias veces por delante de Charo, que cámara en mano me buscaba entre los cientos de participantes y la pobre se hacía un lío entre hacer fotos, animar o las dos cosas a la vez.

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Foto: Íñigo Carrillo de Albornoz.

Aún tuve que parar dos veces mas para ir al baño, saturado de tantos geles, barritas, plátano, isotónicos… De todo se aprende y creo que una de mis novatadas fue el exceso de ingesta de mierdas varias, tal era el miedo a la deshidratación o la falta de glucógeno, potasio, magnesio y no sé qué mas. Sentía el estomago hinchado como un globo y ya no me cabía nada. En los últimos avituallamientos aprovechaba para caminar unos minutos pero no cogía nada de lo que me ofrecían los voluntarios.

– “¿Agua, Isotónico, Coca Cola, Gel, Barritas?”

– “¡No gracias, ya termino y me espero al cubata!”

Lo único que quería era llegar. Ya tendría tiempo de comerme una pizza familiar cuando llegara a la meta. Después de terminar tengo incluso cargo de conciencia por haber hecho el vago y haber caminado mucho mas de lo estrictamente necesario. A toro pasado es fácil decir que podría haber corrido mas, como demuestra el hecho de entrar en meta tan entero, pero es difícil entrenar la mente para seguir esforzándote al límite cuando sabes que el objetivo principal, que era terminar, está ya al alcance de la mano y cualquier riesgo añadido puede dar al traste con ello. Llevaba los cuádriceps cargados -no mas que en cualquier media maratón- pero viendo gente que iba francamente mal preferí optar por la prudencia. O por la pereza, no estoy seguro.

Durante los tres segmentos, en muchos momentos, recordé el reto solidario que nos propuso Cova Basagoiti en favor de la Asociación Cáncer de Páncreas y me transmitió ánimo y determinación para conseguirlo. Seguro que de no haber sido por ello habríamos terminado de todos modos, pero me aportó sensaciones muy agradables que me acompañaron y me ayudaron durante la carrera. Me alegro de haberlo realizado y agradezco haber tenido el honor de participar en ello.

http://retosolidario.org/reto.php?id=3360

En la última ida hacia el aeropuerto corrí un buen rato emparejado con un chaval inglés de apenas dieciocho años y nos fuimos animando mutuamente. Me pregunté admirado qué coño se le pasa por la cabeza a un chaval de su edad para proponerse semejante reto. Evidentemente no era un profesional ni de lejos, como lo demostraba el hecho de que llevara el mismo tiempo que yo. No se me ocurrió preguntárselo en ese momento pero recuerdo pensar que yo a su edad ni sabía lo que era un triatlón ni falta que me hacia. Me gustaba mas el rockanroll.

Pues íbamos corriendo juntos el chaval y yo cuando delante de nosotros se tropieza un guiri, ya mayor, con el bordillo de una acera y se pega una hostia importante. Supongo que de ir tan fatigado, al caer no lo haces de una manera normal sino que te desplomas como un saco. Nos paramos en seco ambos, asustados, para ayudarle a levantarse, con el consiguiente latigazo en los cuádriceps por el frenazo, y mientras se incorpora diciendo “It’s OK, it’s OK” le vemos como se mira la mano y tiene un dedo -creo que era el corazón- doblado hacia donde no debe. Uff… entre el agotamiento, el parón en seco, los cuádriceps cargados, el esfuerzo de levantar al tipo y el mal rollo de ver aquel dedo casi soy yo el que no sigo. Le acompañamos caminando hasta el avituallamiento que ya estaba a la vista y llamaron a los médicos de la organización. El hombre parecía determinado a acabar mientras se sujetaba una mano con la otra. Mas tarde alguien me contó que vieron entrar a un guiri con la mano vendada y el brazo en cabestrillo, deduje que era él y me emocionó.

La vuelta hacia meta del último bucle la hice casi entera andando, disfrutando del momento de sentir la meta ya al alcance, saludando corredores y animándonos mutuamente y, sobre todo, reservando fuerzas para volver a correr en los últimos quinientos metros y entrar en meta con cierta dignidad, que uno tiene su orgullo.

Y, efectivamente, los últimos metros fueron como contaban los mas viejos del lugar. La sensación de euforia, de alegría de saber que lo has conseguido, por mi y por todos los que esperaban que lo hiciera, por todos los que habían estado preocupados incluso por mi salud. El público animaba y gritaba como si estuviera entrando en meta el ganador. No estaba yo en la meta cuando entró el primero pero dudo que le animaran mucho mas que cuando entrábamos los del montón. Lo del público durante toda la carrera me pareció una cosa acojonante. Siempre, donde mires, ves a toda la Isla volcada, en cada pueblo animando a todos los corredores, llamándonos por nuestros nombres que veían en los dorsales y en los trimonos, los voluntarios animando y corriendo para darte de beber…

En la última vuelta Charo, que estuvo animándonos toda la semana y aguantándonos el rollo de conversaciones sobre bicis, natación, recorridos, tiempos, dietas, miedos etc… se dirigió hacia meta para verme llegar y se dejó la garganta animándome entre el mogollón de gente que no paraba de gritar sin solución de continuidad entre uno y otro participante.

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Foto: IRONMAN.

Creo que mi cara en la entrada a meta lo reflejaba. ¡En ese momento era el puto jefe!

El día que entré en meta en la distancia medio Ironman de Marina D’Or me pregunté si sería capaz de correr el doble. La respuesta fue que sí y el reto siguiente fue el IRONMAN de Lanzarote.

Siempre dije que una de las motivaciones para terminarlo era no tener que repetirlo en caso de no conseguirlo. Decía también que, de conseguirlo, sería el único, que no habría mas, que una vez en la vida era suficiente. Los que saben de esto me advertían.

– “Cuidado que engancha, que cuando termines y te recuperes, al poco tiempo vas a empezar a pensar en hacer otro”.

Creo que en el momento de la entrada en meta en Lanzarote ya estaba pensando en el siguiente. Pero, sobre todo, en hacerlo la próxima vez mas rápido.

– “Cómo me joden los listos”.

Óscar Sanz.

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Foto: IRONMAN.

 

Cuanto peor, mejor (O cómo a veces aparece la motivación en forma de problema).

Hay veces que cuando las cosas se ponen difíciles es cuando mas claro ves que pueden hacerse. O dicho de otra manera: No hay nada como tener un reto mayor para relativizar el reto anterior.

Hace un par de semanas tuve un bajón de ánimo respecto al entrenamiento para el IRONMAN de Lanzarote en el que andamos metidos mis amigos Nacho Gasulla, Rafa Endeiza y un servidor. Llevamos ya meses entrenando natación, bicicleta y carrera a pie al menos seis días a la semana, incluyendo un mínimo de tres o cuatro días de entrenamientos dobles, pero en lo que respecta a la bici hasta la fecha no había hecho mas de 90 Km seguidos mas que un par de veces, una de ellas en el Medio Ironman de Marina d’Or. Se va acercando la fecha y llevaba tiempo con la sensación -mas bien la certeza- de que si bien nadando estaba cumpliendo y corriendo no iba demasiado mal, con la bici me estaba “columpiando” bastante. Cierto es que montaba mucho en bici de montaña hasta el punto de conocerme la sierra de Hoyo de Manzanares como la palma de mi mano, pero ya hace tiempo descubrí que la carretera es otra cosa y requiere entrenamientos específicos, largos e intensos. Y si no que le pregunten a mis cuadriceps.

Pues bien, hicimos Nacho y yo la primera salida larga de la temporada: Hoyo de Manzanares/Colmenar Viejo/Soto del Real/Miraflores/Puerto de Morcuera/Rascafría/Puerto de Cotos/Navacerrada/Villalba/Hoyo de Manzanares. Fueron unos 130Km a un ritmo, digamos, fuera de mi “zona de confort”, lo que supone poco mas de dos tercios de la distancia que tendremos que cubrir en el IROMAN, después de nadar casi cuatro kilómetros y previo a correr una maratón.

La conclusión de dicho entrenamiento fue:

– “Tronco: No termino yo el IRONMAN ni harto de grifa. Ni geles, ni barritas, ni sales ni hostias”.

El culo bien, la espalda mas o menos, pero no había tenido las piernas tan cargadas ni después de una maratón. Solo de pensar en correr 42Km a continuación se me quitaban las ganas de coger el avión a Lanzarote. ¡Y solo habíamos hecho dos tercios del segmento de bici!

Lo bueno de entrenar con amigos es que hay días que tira uno del carro y otros tira el otro, y ahí estaba ese día Nacho para animar, como ya viene haciendo últimamente.

-“Ten en cuenta que en Lanzarote el desnivel es similar pero también es verdad que se hace mas llevadero, está mas repartido y no hay puertos tan duros como Morcuera y Cotos“.

No es menos cierto que ese día me alimenté fatal, no cené hidratos el día anterior, desayuné regular, sólo tomamos un par de geles en todo el trayecto, no había descansado los días anteriores…Había que obligar al cerebro a encontrar excusas rápidamente o se me desmontaba todo el chiringuito mental que me había construido para convencerme de que un matao como yo era capaz de terminar el IRONMAN de Lanzarote.

El caso es que quedaban un par de meses y aún había tiempo de hacer al menos siete u ocho salidas similares. Sin descuidar el running y la natación, claro.

Pues bien; en ese momento tan oportuno de, llamémosle dudas, (por no decir pánico), es cuando nos llama nuestra amiga y ex-compañera Cova Basagoiti y nos propone afrontar nuestra aventura como un reto solidario en favor de la Asociación Cáncer de Páncreas. Ya corrió ella un triatlón olímpico por dicha asociación, espoleada por el reciente fallecimiento de su íntima amiga Olga Lamarca, presidenta de dicha asociación y también ex-compañera nuestra. Eso sí que tiene mérito. Desde aquí nuestro respeto y admiración, Cova.

Lo primero que pensé es:

-“Esto me viene grande a todas luces. Bastante tengo yo con la presión que ya tengo encima como para encima arriesgarme a defraudar a tanta gente”.

Hasta la fecha no muchas personas sabían que andaba metido en semejante estupidez, con lo que si al final se tuerce no se iba a enterar casi nadie. Pero si aceptábamos suponía que mucha gente se enteraría del proyecto y pondrían en mayor o menor medida sus ilusiones en que lo terminemos.

Resumiendo, que aparte de la sensación de responsabilidad con la Asociación Cáncer de Páncreas no me seducía demasiado la posibilidad de defraudar a nadie. Y eso por no hablar de que si vienen mal dadas alguien podría pensar: “¡Anda, este es el gilipollas que sin tener ni puta idea pensaba que podía terminar el IRONMAN de Lanzarote!¿Menudo cantamañanas!” Que uno también tiene su orgullo…

Así que después de sopesar todos estos extremos la respuesta fue:

-“Vamos a por ello, qué cojones”

Así que a día de hoy no puedo garantizar que lo termine pero de lo que sí estoy seguro es de que ahora es mas probable que lo logre que aquel día que me bajé de la bici después de hacer 130 miserables kilómetros. En cualquier caso servirá, pase lo que pase, para recaudar fondos para la Asociación Cáncer de Páncreas.

¡Y esos sí que tienen cojones!

Óscar Sanz.

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Corre mientras puedas.

Siempre me ha gustado escuchar a la gente mayor. Creo que es una de las cosas con las que mas he aprendido: observando y escuchando. No importa que el interlocutor tenga mucha o poca cultura. Cualquier persona que lleve mucho tiempo viviendo y, por tanto, “pensando” ha de haber llegado a reflexiones y/o a conclusiones cuando menos interesantes.

Conocí a un tipo, un hombre ya mayor, que en las reuniones, después de saludar, miraba a los asistentes y en tono de broma decía:

-“¿Bueno, entonces a quién le toca morirse esta semana? ¿Falta alguien? ¿Estamos todos? Que ya sabéis que todas las semanas se muere alguno…”.

Podría parecer una actitud pesimista (e incluso macabra) pero lo cierto es que el tipo rebosaba optimismo y espíritu constructivo. Lo decía con una sonrisa en la boca que te contagiaba el buen rollo. La reducción al absurdo consistía en hacernos ver que todo cuanto queramos hacer en la vida conviene hacerlo ya. O al menos poner los medios para que cada anhelo comience a realizarse. Que pa’ luego es tarde.

En una ocasión me asustó por un momento diciendo que los médicos le habían detectado una enfermedad degenerativa. No había curación posible hasta la fecha, y le habían dado un plazo de vida de unos…(pausa valorativa) ¡Treinta años a lo sumo! (sic) Abundaba diciendo que, no obstante podrían ser quince, diez o incluso menos; que ni los médicos lo tenían claro. Qué cabrón el tipo.

Evidentemente, esa enfermedad se llama vida y la padecemos todos. Y de eso no se cura nadie.

Yo, por si acaso y de momento, voy a seguir, entre otras cosas, corriendo mientras pueda. Una de las razones por las que lo hago (entre otras muchas) es que quizá mañana no tenga salud o piernas o pulmones o cabeza para correr. O corazón. Ya tendré tiempo para descansar cuando no pueda seguir.

Hace ya bastantes años, tiempo después de estudiar publicidad y ya trabajando en agencia, se me ocurrió la brillante idea de matricularme en filosofía en horario de tarde, con la absurda esperanza de poder compaginarlo con el trabajo en publicidad. Ni que decir tiene que aguanté en la carrera menos de un curso. (Ya he comentado alguna vez que soy un puto vago). Corría por entonces en la facultad la leyenda urbana de que en cierta ocasión uno de los profesores, en uno de los exámenes de primer curso, formuló una sola pregunta:

-Pregunta número 1:“¿Por qué?”.

Evidentemente la respuesta daba para escribir horas sobre “el ser”, las razones de la existencia, la búsqueda de la verdad y del saber, y todo el rollo presocrático de que lo que “es” no puede mutar en “no ser” etc…

Pues bien; se decía que uno de los alumnos escribió en el examen por toda respuesta: “¿Por qué no?” y que aquel examen fue aprobado.

Quizá el tipo había estado pensando años para llegar a esa conclusión y no se había molestado en desarrollarla en el examen o quizá contestó la primera ocurrencia que pasó por su cabeza. Con dos cojones. Nunca tuve el gusto de conocer a dicho alumno para preguntárselo y por supuesto jamás tuve la suerte de que me cayera esa pregunta en ningún examen pero desde entonces he recordado recurrentemente esa respuesta: “¿Por qué no?”

A veces las cosas son mas sencillas de lo que parecen y no hay que buscarle tantas explicaciones. Como dice el llamado Principio de la navaja de Ockham: “En igualdad de condiciones, la explicación mas sencilla suele ser la mas probable”. Parece una tontería pero el tal Ockham (un fraile Franciscano) dedicó toda su puta vida a teorizar sobre ese tema hasta llegar a dicho principio, que por lo visto se utiliza hoy en día en tratados de economía de todo el mundo.

Probablemente nunca encontraré lo que busco corriendo. Mejor. Si lo encontrara dejaría de tener sentido seguir haciéndolo. Lo que busco es, precisamente, correr, no parar, no permanecer quieto si no es para coger aliento. ¿Por qué no? Y cuando no pueda seguir corriendo y me sea imposible dar un paso mas daré otro paso, mas cortito, y después otro… ¿Por qué no? Y cuando después de dar el último paso no me queden fuerzas ni piernas ni corazón para seguir, sencillamente lo aceptaré y me sentaré a descansar con la satisfacción de pensar que estuve corriendo mientras tuve fuerza. Satisfecho por haber dejado sin hacer solo y exclusivamente aquello que no estaba a mi alcance o no dependía de mi voluntad. No lo haré para ganar sino para no perder. No lo haré para llegar sino para estar en camino.

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O quizá mañana o pasado cambie de opinión y decida parar.

“¿Por qué no?”.

Pero de momento me acabo de atar las zapatillas y me voy a correr un rato, que parece que ha salido el sol.

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Minutos musicales. (Buscando retos)

Toda la vida he sido un puto vago. Casi todo lo que he conseguido ha sido por los pelos y con el mínimo esfuerzo. Cierto es que no me ha ido tan mal y que he conseguido mas incluso de lo que me he propuesto pero nunca he destacado en nada en particular. He hecho muchas cosas pero ninguna con mas calidad que la media. “Aprendiz de mucho y maestro de nada” me argumento a mi mismo. Bueno, es un consuelo.

Pero no es menos cierto que siempre que el reto me lo he autoimpuesto yo, y una vez lo he visualizado, pocas cosas me hacen desistir. Al final, de una u otra forma, casi siempre acabo saliéndome con la mía porque, eso sí, a cabezota no me gana ni Dios. Siempre he sido tan vago como tozudo. Extraña combinación. No siempre lo consigo pero si no es así no es por no poner todo de mi parte. Me gustan los retos, sobre todo los míos.

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Toda la vida he hecho canciones. Quizá no hayan sido grandes canciones pero eran mis canciones y contaban lo que sentía. Y lo que sentí en 2.010 fue que tenía que hacer un disco. No sería un gran disco pero sería “mi disco”. De repente supe que tenía que hacerlo. Lo debía, me lo debía y lo hice. Tardé un año. Así de fácil.

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A pesar de mis carencias como instrumentista me dispuse a grabarlo yo todo: Guitarras, bajo, batería, percusión, teclados, voces, coros…si bien es cierto que de forma puntual se fueron sumando algunos amigos: Jeff Espinoza, Javier Coble, Cecilia Blanco, Fernando Jiménez, Francisco Simón Eternamente agradecido a todos ellos. La grabación, producción, mezcla y mastering me llevó un año entero hasta que al fin, en Febrero de 2.012 el disco vio la luz con el nombre de “Just waiting”: Sencillas canciones pop sin mas pretensión que mostrar el alma en ellas. Nada menos.

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Pero ocurrió que coincidiendo con la presentación en directo del disco, en la que me acompañó Cecilia Blanco (mil gracias, Ceci), me vi envuelto sin buscarlo en otro proyecto de mucha mayor magnitud, casi diría que un poco megalómano, y pasé de ser cabeza de ratón con mi proyectito de disco personal sin demasiadas pretensiones a ser cola de león en un ambicioso proyecto: Sinfonity: Una orquesta “sinfónica” de guitarras eléctricas.

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Nunca he estudiado guitarra clásica ni he asistido a conservatorio alguno sino que lo poco que aprendí lo hice de manera autodidacta y tocando con amigos así que cuando me ofrecieron participar en la orquesta me pareció una locura. Aunque no es que toque demasiado mal me parecía una insolencia abordar semejante repertorio junto a guitarristas la mayoría profesionales pero me insistieron con el argumento de que había papeles abarcables

Debido a mi habitual poca confianza en mí mismo y al recurrente miedo a no estar a la altura me costó decidirme. La verdad es que semejante proyecto imponía respeto, para qué vamos a negarlo. Después de pensarlo, no sin una buena dosis de insolencia e inconsciencia y confiando en quien me dijo que sí podría, finalmente dije que sí, que me subía al barco aunque fuera de grumete. Juro que eché toda la carne en el asador.

399349_491137967592691_620012004_n.jpgDe esta manera dejé de lado mi intención de dar a conocer al recién nacido “Just Waiting”. La intención era dar pequeños conciertos en acústico en salas y bares de Madrid y moverlo, en la medida de mis posibilidades, en las redes sociales. En definitiva, darle un poco de cariño al recién nacido y que echara a andar, sin preocuparme por el numero de ejemplares vendidos. Pero lo cierto es que una vez que el disco estuvo subido en ITunes, y en Spotify y a la venta en sopore físico en la tienda online de Subterfuge, la compañía de discos de mi amigo Carlos Galán (Gracias, Carlitos) pensé que había llegado el momento de meterme a saco con el siguiente reto: Sinfonity.

Y, de repente, sin comerlo ni beberlo y como si no tuviera bastante ocupación con mi trabajo en Aullidos -la productora musical que la que soy copropietario junto con mi socio, Fernando Jiménez- y lo que debería haber sido la promoción de mi flamante disco, me vi metido hasta las trancas en una vorágine de ensayos y estudio: horas y horas, día tras día practicando con la guitarra como no lo había conocido en mi vida.

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Tocábamos repertorio clásico, siguiendo las partituras originales de maestros como Bach, Beethoven, Falla…En “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi yo tocaba el papel de viola, en la “5ª Sinfonía” de Beethoven el clarinete…siempre con guitarras eléctricas. El proyecto era increíble y en los conciertos que dimos por toda España tuvimos gran éxito de público y mayor incluso de crítica.

Recuerdo con especial cariño la sensación de nervios cuando esperábamos todos los músicos tras el telón, mientras se llenaba el teatro, oyendo el murmullo del público tomando asiento en el patio de butacas minutos antes del comienzo de la función. Me hacía gracia saber que el público estaba allí buscando su butaca sin saber que nosotros estábamos ahí escondidos, casi a oscuras, como agazapados en silencio, lanzándonos miradas cómplices entre nosotros y bromeando en voz baja. De alguna manera intentando soltar la presión de los minutos previos al concierto. Solíamos comenzar con el “Bolero” de Ravel, obra en la que Pedro Saura y yo, que interpretábamos el papel de las trompetas, no nos incorporábamos hasta bien avanzado en tema. De esta manera yo tenía unos minutos para permanecer quieto, en silencio, en mi asiento, disfrutando de la interpretación de mis compañeros mientras observaba las caras en penumbra del público que se sorprendía al descubrir cómo podía esa panda de rockeros hacer sonar aquello tan sutil y tan “clásico” solo con guitarras eléctricas. Y así pasaba los primeros tres o cuatro minutos de cada concierto, viendo y oyendo como mis compañeros se iban incorporando progresivamente mientras mi buen amigo Pedro, sentado a mi derecha y yo nos mirábamos en silencio y nos sonreíamos con complicidad esperando el compás en el que entrábamos. A pesar de que ambos sabíamos perfectamente cuándo tocaba, siempre nos hacíamos un gesto en el compás anterior para darnos la entrada, como si fuera un tema de rock: “One, two…”

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Ya tenía por aquella época cierta costumbre de salir a correr de vez en cuando si acompañaba el buen tiempo pero no lo hacía con frecuencia mas allá de uno o dos días a la semana y no había pensado siquiera en correr media maratón, con lo que nunca había oído hablar del tal Filípides, el guerrero griego que hubo de correr sin descanso desde Maratón hasta Atenas para salvar la ciudad. De haber sido así me habría acordado de él, sentado en mi sitio, con los ojos cerrados y con la guitarra ya afinada en mi regazo, y probablemente habría pensado.

– ”¿Esto es presión?”

– “Presión es lo que sentía Filípides”

Ahí estuve sentado, a la izquierda de Pedrito y a la derecha de Jero (el puto amo) durante dos años y medio compartiendo escenario con maestros de la guitarra como Osvi Greco, sin que ninguno de mis compañeros manifestara queja alguna sobre mi manera de “perpetrar” las obras. Eso sí, juro que no había estudiado tanto en toda mi vida como entre 2.012 y 2.013, cuando me tuve que aprender las dos horas de repertorio. Desde Rossini hasta Mussorgsky pasando por Mascagni, Prokofiev, Mozart, Strauss… eso sin hablar de la infinidad de horas y horas practicando escalas mayores menores, dóricas y mixolídias. Me recuerdo a mi mismo en el sofá de casa practicando frases musicales y pasajes que jamás habría pensado que fuera capaz de realizar, mientras veía el telediario. Practicábamos casi todos incluso en el autobús, de camino a los conciertos, hasta que nos dolían las manos. Llegué a irme muchas noches a la cama con la guitarra en lugar de un libro para seguir practicando una y otra vez hasta que me vencía el sueño.

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El caso es que hacia finales de 2.014 llevábamos una época, varios meses, bastante parados, sin conciertos a la vista y a ello se sumaba que no se respiraba muy buen ambiente en la orquesta. Se convocaban ensayos de vez en cuando por aquello de “mantenernos en forma” pero lo cierto es que de un tiempo a esa parte nunca éramos mas de cuatro o cinco los que manteníamos la ilusión y solíamos asistir.

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Lamentablemente uno a uno, y a veces de dos en dos, se habían ido desligando del proyecto bastante desencantados por el mal rollo imperante. De casi treinta guitarristas que llegamos a ser, para entonces quedábamos trece y los que íbamos quedando teníamos la sensación de que en cualquier momento se bajarían del proyecto dos o tres mas. Al final me fue venciendo la sensación de que en Sinfonity había mas ruido que música y dejó de parecerme un sitio agradable en el que estar. En Mayo de 2.015 dejé Sinfonity, deseando todo lo mejor a los pocos compañeros que quedaban y contento de haber conocido y haber podido aprender un poco de gente fantástica cuya amistad espero conservar para siempre, especialmente Gustavo, Javier, Gorka, Philip, Pedro, Jero…

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Así pues, mientras Sinfonity languidecía victima de su propio éxito yo decidí una vez mas dejar de fumar, y parte de las horas diarias que durante casi tres años había estado dedicando a estudiar y a practicar con la guitarra decidí dedicarlas al deporte, en parte para no pensar en fumar. Salí siendo un poco mejor guitarrista que cuando entré y espero que también un poco mejor persona. ¡Había que buscar otro reto!

Y eché a correr.

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Óscar Sanz.

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Música y natación. En busca del flow (parte 2ª).

Dedicado como ando en la búsqueda del flow en la música y en el running. ¿Cómo no iba a buscarlo en la natación, que consiste en desplazarse por medio de movimientos repetitivos y rítmicos a través de un fluido como es el agua?

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Foto: nature.com

Infinidad de veces he oído aquello de que “nadar es aburrido” y efectivamente lo es si lo que buscamos es un estímulo o entretenimiento externo a nuestro propio cuerpo o mente. Contar largos uno tras otro en una piscina no es ciertamente un ejercicio muy variado si cada uno de ellos es igual que el anterior con la única diferencia del número en el que vas pensando.

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Foto: Remove Before Quit

Pero en mi caso particular, sucedió hace ya tiempo que experimenté un curioso mecanismo neuronal a partir del cual el cerebro desconecta de lo externo y comienza a encontrar estímulos internos que hacen del hecho de nadar un ejercicio, si no divertido en su sentido estricto, sí altamente estimulante y gratificante. De la misma manera cabe suponer que nadie practica yoga, taichí o meditación porque le parezca “divertido”.

Todos sabemos correr desde pequeños y lo hacemos de manera inconsciente sin, a priori, intención de mejorar la técnica, si bien es cierto que a medida que avanzamos en nuestras exigencias y expectativas nos resultará imprescindible. Pero con la natación sucede que desde el principio nos sentimos torpes, en un medio ajeno, antinatural e incluso en ocasiones hostil, lo cual nos obliga a estar mas atentos a nuestra manera de desenvolvernos. Afortunadamente, con el tiempo iremos interiorizando y mecanizando nuestros movimientos e iremos poco a poco eliminando cosas de las que preocuparnos.

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Foto: uqswim.org

Debido a lo anterior y a diferencia del running, desde que comencé a nadar siempre he procurado salir cada día del agua siendo un poco mejor nadador que al entrar y siempre he procurado no hacer largos solo “porque sí”. Cierto es que no pocos días hago tiradas largas de 3.000 metros o mas pero siempre procuro mantener mientras nado una técnica lo mas correcta posible, lo cual supone estar realmente atento a cada uno de los movimientos de cada parte de mi cuerpo. No siempre lo consigo y en ocasiones se me amontona el trabajo, pero intento recordarlo.

Los primeros metros me concentro en estirar bien la brazada, llevar muy lejos las manos y el hombro para que la remada tenga el mayor recorrido posible. A continuación presto atención a la posición y movimiento de las manos, muñecas, codos y hombros con la intención de “apoyarme en el agua”, “abrazar” la mayor cantidad posible e impulsarme hacia delante.

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Foto: Remove Before Quit

Una vez interiorizado esto me ocupo de meter bien la cabeza en el agua para que suba la cadera y girarla lo imprescindible para respirar, con objeto de ser lo mas hidrodinámico posible al deslizar.

Al igual que hago cuando corro, suelo ir pensando constantemente en compases musicales, bien sean binarios o ternarios, según me apetezca en cada momento, pero siempre pendiente de llevar un tempo constante. Después me ocupo del batido de pies, con los que en ocasiones llevo ritmo de corcheas respecto a las “negras” de las brazadas y otras veces doblo la cadencia para ir a semicorcheas. Una vez que automatizo todos los movimientos anteriores suelo aprovechar para “estudiar” música. Recito mentalmente y “a tempo” las escalas mayores y menores, con sus sostenidos y bemoles, juego con el “círculo de quintas” (Fa/Do/Sol/Re/La/Mi/Si) al derecho y al revés, visualizo en el diapasón de la guitarra la escala pentatónica en sus diferentes posiciones y tarareo alguna melodía prestando atención a la nomenclatura de sus acordes dentro de su tonalidad.

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Foto: swimmunity

¡Y es en ese momento y no antes cuando de repente los movimientos se automatizan, la mente se relaja, los pensamientos vuelan y todo, absolutamente todo, dentro y fuera de uno mismo, comienza a fluir! Siento cómo fluye el agua alrededor de mi cuerpo, siento cómo me apoyo en el agua y sobre todo siento como mi cuerpo y mi mente fluyen juntos. Incluso en las pruebas de triatlón, con la adrenalina a mil por hora y rodeado de trescientos, seiscientos o mil nadadores, llega ese momento. De repente pasa a ser mas importante lo que sucede entre un movimiento y el siguiente que cada uno de los movimientos. Es mas importante el trayecto entre una brazada y otra que cada brazada en sí misma. Y entonces siento que es ahí, en el agua, donde estoy seguro, siento que es ahí donde quiero estar, siento que no quiero salir y que podría estar horas y horas nadando para siempre hacia ninguna parte.

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Foto: National Geografic

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Foto: ap10.com

Y es a partir de ese momento cuando siento, aunque no sé si de manera completamente objetiva, que comienzo a nadar mejor. De repente siento que cada músculo ha aprendido cuales deben ser sus movimientos y los ejecutan sin esperar las órdenes del cerebro, como los dedos de un pianista que saben a dónde deben ir sin esperar a que llegue la orden neuronal consciente. Ahí es cuando el cuerpo alcanza su funcionamiento óptimo y es entonces cuando nado mas rápido, con movimientos mas fluidos y con menor esfuerzo.

Cuando salgo del agua, tanto si es entrenando como si es en carrera, en piscina, en embalse o en el mar, siempre lo hago con la sensación de que podría haber estado nadando un buen rato mas y me gusta pensar que hoy estoy un poco mas cerca de encontrar el flow.

Sé que siempre habrá quien vaya mas rápido o mas lejos pero yo salgo del agua creyéndome un poco mejor nadador y un poco mejor músico.

Óscar Sanz.

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Música y running: En busca del flow.

Nunca llevo música cuando salgo a correr. Prefiero llevar yo el tempo que adaptarme al de la canción que suene en cada momento. Si mis piernas no van al ritmo de la música tengo la sensación de que voy desacompasado y si me acompaso a la música no voy al ritmo que me piden mis pulsaciones. Alguna vez he pensado en hacerme una lista de reproducción de canciones que vayan a 90 bits por minuto, otra a 95, otra a 100 etc… pero me ha parecido demasiado laborioso seleccionar las canciones, hacer diferentes listas en función del tempo y finalmente ir pendiente de cambiar de una a otra en carrera en función de si quiero ir mas ligero o mas tranquilo. Seguro que alguien acaba haciendo una App para SmartPhone que haga todo eso. Ahí lo dejo…

Foto: Tiendadepor.

Foto: Tiendadepor.

Total, que cuando salgo a correr la música la llevo yo dentro. Creo que el 90 por ciento del tiempo que he pasado despierto en mi vida he tenido alguna melodía en la cabeza con lo que no me supone esfuerzo tararearla mentalmente a la velocidad que me convenga en cada momento.

Por otro lado: Generalmente mientras corro respiro en compás de cuatro por cuatro: Inspirar son dos zancadas y espirar otras dos. Pero en función de la inclinación del terreno y de los cambios de ritmo me gusta variar e ir cada poco unos minutos en tres por cuatro (compás de vals): Inspirar tres zancadas y expirar otras tres. Otras veces en 2/4, en 6/8…Esto en cuanto a la respiración pero últimamente, además, he querido ir un paso mas allá y ando buscando el flow. O el Groove, no lo tengo muy claro.

Foto: sportalpen

Foto: sportalpen

Para ello primero tendría que tener claro qué coño es el flow y/o el groove, cómo se definen y dónde encontrarlos. Hay muchas teorías al respecto pero después de tanto correr pensando en ello me voy a aventurar a dar la mía, aún a riesgo de decir tonterías.

Tomemos como ejemplo el ballet. Sería absurdo pensar que el objeto de la danza fuera exclusivamente desplazarse del punto A al punto B dentro de un escenario, luego al punto C y así sucesivamente. La belleza del ballet está en “cómo” se desplazan los bailarines de un punto a otro, qué movimientos hacen durante el trayecto y cómo hacen fluir su cuerpo entre un movimiento y el siguiente, transmitiendo con ello armonía. Mas aún: Por muy bella que sea cada acción, si el intérprete deja ver que tiene los pasos o las poses memorizadas, que después de un salto se prepara para el siguiente, no trasmitirá un movimiento armonioso y no tendrá, en definitiva, “flow”. Lo mismo podríamos decir de la lectura de un poema si percibimos que quien recita está leyendo, o de un pianista o de un cantante.

Foto: Artlimited.

Foto: Artlimited.

En los triatlones en los que he participado hasta ahora generalmente la carrera a pié se hace en varias vueltas a un circuito hasta sumar la distancia correspondiente, lo cual me da la oportunidad de correr emparejado con los triatletas de élite, a los cuales de no ser así ni les vería. Debido a esto he podido correr con ellos durante breves pero sucesivos periodos de tiempo y siempre procuro observar e intentar aprender cómo coño lo hacen para poder correr 10, 21 o 42 Km a esa velocidad. Máxime teniendo en cuenta que previamente  hemos pedaleado 40, 90 o 180Km en bicicleta y hemos nadado entre uno y medio y casi cuatro kilómetros.

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Pues bien: ¡Una de las primeras cosas que me llamaron la atención es que, joder, parece que bailan! La pisada es perfecta, en el sitio adecuado, ni muy delante ni muy atrás, con el apoyo como mandan los cánones, la mirada y la barbilla alta, los hombros hacia atrás y el pecho abierto para que entre aire en los pulmones y el braceo redondo y bien marcado. Pero por encima de todo lo que me llama la atención es cómo fluyen; Llevan el ritmo como si tuvieran un metrónomo interno y cada movimiento, cada zancada y cada brazada lleva a la siguiente de una manera armoniosa.

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Lo cual me va llevando a mi tesis: Creo que el flow es “AQUELLO QUE SUCEDE ENTRE UNA NOTA Y OTRA”, entre un movimiento y otro, entre una corchea y la siguiente, entre una caricia y otra, entre un golpe de baqueta y el que viene a continuación, por poco tiempo que haya entre uno y otro.

¡Joder, lo que sucede entre una nota y otra es “nada”, es silencio! Pero ese silencio es lo que pone en valor la nota siguiente.Tan importante es dar las notas adecuadas como el fluir de una a otra. Eso creo que es lo que hace la diferencia entre un buen interprete que toque con corrección, independientemente de la velocidad o de si toca corcheas o semifusas y otro que transmita flow, sentimiento, verdad y, en definitiva, amor a la música y empatía con el receptor. Al igual que sucede en el running, lo importante es el camino y cómo lo hagas, no a dónde te lleva éste. Lo que da belleza a una sucesión de movimientos (o de notas) es, mas allá de una suma de movimientos sucesivos, la transición o paso de un movimiento (o nota) a otro.

Salir solo a correr da para pensar. Para pensar mucho. Piensas y corres, corres y piensas, piensas en correr, piensas en cómo correr, piensas si correr mas o correr menos, si respirar mas o respirar menos, si pisar mas cerca o mas lejos, si pisar mas plano o menos plano, si bracear mas o bracear menos, piensas en “qué coño haces corriendo”, piensas en cuánto te gusta correr….

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Y cuando ya has pensado en todo eso, inventado en tu cabeza conversaciones imaginarias, diálogos y monólogos y aún te queda un buen trecho de vuelta llegas a divagar sobre las cosas mas peregrinas. Por ejemplo sobre la búsqueda del flow y la relación entre la música, el ballet y el running.

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En lo que va de año he corrido unos 1.200Km, para cuando lleve otros tantos lo mismo acabo teniendo una idea brillante y me forro.

Óscar Sanz.

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